miércoles, noviembre 26, 2003

Para atrapar al ladrón

Hay algo que causa que la decadencia se vea muy bien en la pantalla grande. Simplemente son más cinematográficas las paredes roídas, las piedras antiquísimas y los trajes sucios y sudados que la realidad antiséptica y plasticosa. Por ejemplo, en términos de diseño escenográfico, la primera trilogía de la Guerra de las Galaxias se ve infinitamente mejor que la segunda, porque las superficies de la segunda, al ser hechas todas por computadora se ven impecables, más allá de toda realidad.

Un buen ladrón es una película de benditas decadencias, ilustradas por la cara de Bob su protagonista (encarnado por Nick Nolte), quien parece haber transpuesto todas sus experiencias y todo su cansancio a las arrugas y pliegues de su resquebrajado rostro.

“Te ves bien para un hombre de tu edad” le dicen. “¿Qué edad es esa?” responde Bob. “La edad de piedra” le contestan.

El segundo protagonista de la película es la ciudad de Niza, la cual parece estar cediendo a la sal y los vientos del Mediterráneo, así como al flujo de inmigrantes Argelinos quienes parecen resurgir todas las noches para bailar, amar, matarse y drogarse. La cara de Nolte y Niza son los dos polos que enmarcan los intentos de Bob y un grupo de ladrones por robar un casino impenetrable en la vecina ciudad de Montecarlo.

Un buen ladrón, aunque pertenece a un género cinematográfico muy específico, termina siendo un estudio de personaje, más que un filme de policías y ladrones. En gran medida porque centra su interés en explorar ese difuso concepto llamado experiencia, y en examinar a un hombre que se juega el todo por el todo, aún cuando se ha quedado sin nada en numerosas ocasiones. Cuenta también con un guión sumamente inteligente, porque evita todos los clichés de las películas de este tipo y se ahorra mostrarnos las cosas que ya sabemos van a ocurrir.

Es una historia sencilla, contada claramente, con mucho estilo, que alterna un tono melancólico y triste con la euforia de una existencia frenética, vivida en los límites del amor, la suerte y la decadencia. Porque Bob es a fin de cuentas un apostador nato, que en la vida como en la ruleta nunca deja de jugársela.