Sadismo
"1. m. Perversión sexual de quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona. 2. m. Crueldad refinada, con placer de quien la ejecuta."
Kill Bill, la nueva película de Quentin Tarantino, es sin lugar a dudas la película más sangrienta que he visto en mi vida; más sangrienta que Starship Troopers, más sangrienta que Siete, Salvando al soldado Ryan o inclusive Perros de reserva, la primera cinta del director. Inspirada en las películas asiáticas de acción de las últimas tres décadas, Tarantino se deleita mostrándonos brazos cercenados, vísceras trituradas y ríos de hemoglobina.
Gran parte de la violencia de Kill Bill es evidentemente caricaturesca y falsa, pero un tercio de lo que vemos en la pantalla es muy realista, tanto que me vi a fin de cuentas incapaz de disfrutar la cinta. Porque Kill Bill es una comedia que nos pide que nos riamos del sufrimiento ajeno, sin mucho contexto ni fundamento, manteniendo las tomas fijas para regodearnos en cada cuchillada, cada golpe y cada explosión de bala.
Por lo general, la violencia en la pantalla no me molesta mucho. He disfrutado tanto Perros de reserva como Tiempos violentos, La naranja mecánica y Terciopelo azul, por citar unos ejemplos. Sin embargo, estas cuatro cintas han tenido historias cautivadoras e interesantes, donde la violencia no está ahí porque se ve “chida”, sino porque verdaderamente le agrega algo a la trama. En Kill Bill la historia, contada en tres minutos, es tan parca que todo lo demás resulta ser un mero capricho del director. Indudablemente Kill Bill esta revestida con el virtuosismo típico que le conocemos a Tarantino: cientos de referencias de la cultura pop, complejos artilugios narrativos y un lenguaje cinematográfico, una manera de contar las cosas con imágenes, poco menos que milagrosa. Pero este termina siendo precisamente el problema principal de Kill Bill, es una película de estilo que se ve muy bonita pero que no tiene ni una sola preocupación remotamente humana. La violencia termina siendo decorativa y sádica, provocando que el filme se vuelve un mero pretexto para mostrar las obsesiones cinefílicas de su director.
Tarantino es un creador que desde los inicios de su carrera ha prometido mucho, y quien siempre ha afirmado estar preocupado por demostrar su talento artístico en la pantalla. Es una lástima que su dominio sobre el medio, sea opacado por una obvia y profunda vulgaridad de carácter.
Kill Bill, la nueva película de Quentin Tarantino, es sin lugar a dudas la película más sangrienta que he visto en mi vida; más sangrienta que Starship Troopers, más sangrienta que Siete, Salvando al soldado Ryan o inclusive Perros de reserva, la primera cinta del director. Inspirada en las películas asiáticas de acción de las últimas tres décadas, Tarantino se deleita mostrándonos brazos cercenados, vísceras trituradas y ríos de hemoglobina.
Gran parte de la violencia de Kill Bill es evidentemente caricaturesca y falsa, pero un tercio de lo que vemos en la pantalla es muy realista, tanto que me vi a fin de cuentas incapaz de disfrutar la cinta. Porque Kill Bill es una comedia que nos pide que nos riamos del sufrimiento ajeno, sin mucho contexto ni fundamento, manteniendo las tomas fijas para regodearnos en cada cuchillada, cada golpe y cada explosión de bala.
Por lo general, la violencia en la pantalla no me molesta mucho. He disfrutado tanto Perros de reserva como Tiempos violentos, La naranja mecánica y Terciopelo azul, por citar unos ejemplos. Sin embargo, estas cuatro cintas han tenido historias cautivadoras e interesantes, donde la violencia no está ahí porque se ve “chida”, sino porque verdaderamente le agrega algo a la trama. En Kill Bill la historia, contada en tres minutos, es tan parca que todo lo demás resulta ser un mero capricho del director. Indudablemente Kill Bill esta revestida con el virtuosismo típico que le conocemos a Tarantino: cientos de referencias de la cultura pop, complejos artilugios narrativos y un lenguaje cinematográfico, una manera de contar las cosas con imágenes, poco menos que milagrosa. Pero este termina siendo precisamente el problema principal de Kill Bill, es una película de estilo que se ve muy bonita pero que no tiene ni una sola preocupación remotamente humana. La violencia termina siendo decorativa y sádica, provocando que el filme se vuelve un mero pretexto para mostrar las obsesiones cinefílicas de su director.
Tarantino es un creador que desde los inicios de su carrera ha prometido mucho, y quien siempre ha afirmado estar preocupado por demostrar su talento artístico en la pantalla. Es una lástima que su dominio sobre el medio, sea opacado por una obvia y profunda vulgaridad de carácter.

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