sábado, diciembre 27, 2003

Sin aliento

Hubo varios momentos durante El Regreso del Rey, la parte final de la trilogía de El señor de los anillos, donde admito me quedé sin aliento; pasmado. En otros estuve apunto de soltar la lágrima y en otros más, la tensión me hizo estrujar los descansabrazos de mi asiento mientras esperaba, muy tenso, conocer el destino de los protagonistas. Este es el misterioso poder del medio, ser una fábrica de emociones, permitirnos vivir otras vidas y sentir otras almas de una manera visceral, a través de los personajes de la pantalla.

“Lo único que puedes hacer es decidir que hacer con el tiempo que se te da” dice Gandalf en la segunda película del ciclo. Este aforismo es el hilo conductor de las tres películas, y en El regreso del rey esta idea se cristaliza aclara y depura: Cada quien tiene que estar consciente que el tiempo que tenemos sobre la tierra es finito y que cada quien tiene que obrar según los dictámenes de su conciencia. Es un dicho que fácilmente se banaliza cuando se reduce a “vivir cada momento como si fuera el último”, pero aquí adquiere una gravedad y fuerza por el inmenso lienzo en el que se plasma. No es lo mismo escuchar esa raquítica frase ya de por si cliché, que ver un grupo de amigos y hermanos poner sus vidas de por medio para hacerla realidad.

A las películas como a la música, la pintura o cualquier otro arte solo le pido dos cosas, que estimulen mi mente y que muevan mi corazón. Las películas que me piden que deje el cerebro en la entrada del cine me insultan y las que no tienen vida me aburren., felizmente el Regreso del rey cumple estos dos requisitos. Es una película digna de las grandes épicas de los sesenta como Lawrence de Arabia, divertida pero además muy inteligente. Es, sin mucha hipérbole, un festín sensorial y un panegírico a la amistad, el honor, la lealtad y la familia.