Una introducción a El Señor de los Anillos
La trilogía de El Señor de los Anillos junto con El Hobbit han sido los experimentos de filología más populares en la historia de la disciplina. La fuente de los cuatro libros fueron los estudios que realizó J.R.R. Tolkien de leyendas nórdicas y angosajonas - fuentes del idioma inglés - en su larga carrera como profesor en la universidad de Oxford. Otras fuentes de inspiración fueron sus experiencias en la Primera Guerra Mundial y en gran medida los evangelios cristianos, los mitos más verídicos y literales de la humanidad según la opinión de Tolkien.
Los libros fueron publicados en los cincuenta, pero solo adquirieron su popularidad al ser descubiertos la década siguiente por universitarios estadounidenses, interesados en experimentar con nuevas formas de cognición a través del arte (2001: Odisea del Espacio por ejemplo) y drogas como el LSD y otras sustancias psicotrópicas. El señor de los anillos, con su minuciosa construcción de mundos fantásticos, de una realidad diferente a la nuestra pero muy similar, saciaba esta necesidad ejemplarmente.
La trilogía de películas que esta semana concluyen con el capítulo de El Regreso del Rey no son la primera vez que se intenta traer a la pantalla las historia de los Baggins y su anillo (Hay una versión animada muy mediocre de 1978). Sin embargo, sí son las primera versión que logra exitosamente traducir lo mejor de los libros al cine: la estrecha amistad de los personajes, la excitante aventura y el gran detalle que fluye a través de más de mil páginas.
Su mayor logro sin embargo, adquirido gracias a la visión de su director Peter Jackson, un realizador que nunca había tenido grandes éxitos comerciales aunque sí artísticos, es que nos muestra una obra épica del tipo que no se veía desde Espartaco, Ben Hur o Lawrence de Arabia, la cual nos envuelve de la misma manera que el libro puede hacerlo. Esta trilogía recupera esa esencia que conducen las palabras escritas pero logra a su vez respetar al libro evitando copiarlo. Es este sentido de majestuosidad totalizadora lo que más debemos de admirarle.
Los libros fueron publicados en los cincuenta, pero solo adquirieron su popularidad al ser descubiertos la década siguiente por universitarios estadounidenses, interesados en experimentar con nuevas formas de cognición a través del arte (2001: Odisea del Espacio por ejemplo) y drogas como el LSD y otras sustancias psicotrópicas. El señor de los anillos, con su minuciosa construcción de mundos fantásticos, de una realidad diferente a la nuestra pero muy similar, saciaba esta necesidad ejemplarmente.
La trilogía de películas que esta semana concluyen con el capítulo de El Regreso del Rey no son la primera vez que se intenta traer a la pantalla las historia de los Baggins y su anillo (Hay una versión animada muy mediocre de 1978). Sin embargo, sí son las primera versión que logra exitosamente traducir lo mejor de los libros al cine: la estrecha amistad de los personajes, la excitante aventura y el gran detalle que fluye a través de más de mil páginas.
Su mayor logro sin embargo, adquirido gracias a la visión de su director Peter Jackson, un realizador que nunca había tenido grandes éxitos comerciales aunque sí artísticos, es que nos muestra una obra épica del tipo que no se veía desde Espartaco, Ben Hur o Lawrence de Arabia, la cual nos envuelve de la misma manera que el libro puede hacerlo. Esta trilogía recupera esa esencia que conducen las palabras escritas pero logra a su vez respetar al libro evitando copiarlo. Es este sentido de majestuosidad totalizadora lo que más debemos de admirarle.

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