jueves, enero 22, 2004

Perdidos sin traducción

Las buenas películas se asemejan a un baño; una lluvia cálida que cae sobre nosotros, nos abre los pulmones y nos deja respirar de una manera que no hemos podido en mucho tiempo. La luz de la proyección nos invade. Eso es Perdidos en Tokio, la segunda película de Sofía Coppola (Hija de Francis Ford; quizás la genialidad es hederitaria). Una perfecta contemplación de la angustia contemporánea.

A partir de una premisa relativamente simple: dos personas, Bob Harris (Bill Murray) y Charlotte (Scarlett Johansson) se encuentran en Tokio cuando sus vidas parecen ir a la deriva sin sentido, Coppola logra comunicar una bella metáfora sobre la vida moderna. Una existencia que alterna simultáneamente entre momentos de un exceso de comunicación, visual, auditiva, táctil: el tráfico de Tokio, el ruido de los celulares; y momentos de reflexión y calma: el ikebana, una boda japonesa tradicional, los rituales dentro de un templo Shinto. Donde nuestra única salvación resulta ser los vínculos que podemos trazar con otras personas.

El mundo seguirá su paso acelerado y sólo la posibilidad del contacto puede salvarnos.

La manera tan poco aparente, tan natural en la que se cuenta esta idea, una preocupación que nos va a ir afectando a todos nosotros ciudadanos del siglo XXI queramos o no, es lo que hace que brille esta cinta. Y el tacto emocional, la sinceridad con la que Murray y Johansson logran acercarse a sus personajes permite que vibremos al verlos, porque nos dejan ver momentos que por lo general son privados y que solo a través del arte podemos descubrir.