Hasta el fin del mundo
¿A quién le puede gustar Capitán de Mar y Guerra, una película sobre un barco inglés en el periodo de las guerras Napoleónicas? Creo que hay dos grupos (confieso de antemano que pertenezco a ambos).
Por una parte están aquellos que de niños desarmaron el reloj de la bisabuela, una reliquia familiar que se había pasado de generación en generación, la cual nunca pudieron volver a armar. Los que antes de poder leer ya querían saber qué es un carburador. Los que preferían el LEGO al Playmobil porque el segundo no tiene piezas para montar, y que además armaban todos los modelos mirando solo el dibujo de la caja sin ver el instructivo.
A este grupo le va a encantar Capitán de Mar y Guerra, porque buena parte de la película consiste en ver a detalle como opera el buque HMS Surprise, un vehículo del siglo XIX con todas las complejidades (pero sin computadora claro está) de las sondas que están llegando a Marte, una maravilla tecnológica del decimonónico que en vez de utilizar microchips para procesar información, utilizaba seres humanos.
El segundo grupo al que le puede gustar la cinta consiste en esa agrupación de seres románticos que todavía consideran importantes los valores aristocráticos del pasado: nobleza, honor, lealtad, valentía. Pues es una perogrullada que el Surprise no podría operar si los hombres que lo manejan no tuviesen confianza en el compañero contiguo, pues cada vida cuenta para aumentar las probabilidades de que todos sobrevivan al trayecto.
Hace mucho que no veía una película histórica de aventuras que pudiera ser tan emocionante y detallada. Inclusive llegando al punto en el que el imaginario es incapaz de llegar a separar la visión del director de las ideas propias sobre el período. Así, en la vastedad de este océano fílmico uno está tentado a decir: “es como fue”.
Por una parte están aquellos que de niños desarmaron el reloj de la bisabuela, una reliquia familiar que se había pasado de generación en generación, la cual nunca pudieron volver a armar. Los que antes de poder leer ya querían saber qué es un carburador. Los que preferían el LEGO al Playmobil porque el segundo no tiene piezas para montar, y que además armaban todos los modelos mirando solo el dibujo de la caja sin ver el instructivo.
A este grupo le va a encantar Capitán de Mar y Guerra, porque buena parte de la película consiste en ver a detalle como opera el buque HMS Surprise, un vehículo del siglo XIX con todas las complejidades (pero sin computadora claro está) de las sondas que están llegando a Marte, una maravilla tecnológica del decimonónico que en vez de utilizar microchips para procesar información, utilizaba seres humanos.
El segundo grupo al que le puede gustar la cinta consiste en esa agrupación de seres románticos que todavía consideran importantes los valores aristocráticos del pasado: nobleza, honor, lealtad, valentía. Pues es una perogrullada que el Surprise no podría operar si los hombres que lo manejan no tuviesen confianza en el compañero contiguo, pues cada vida cuenta para aumentar las probabilidades de que todos sobrevivan al trayecto.
Hace mucho que no veía una película histórica de aventuras que pudiera ser tan emocionante y detallada. Inclusive llegando al punto en el que el imaginario es incapaz de llegar a separar la visión del director de las ideas propias sobre el período. Así, en la vastedad de este océano fílmico uno está tentado a decir: “es como fue”.

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