La piscina
Juegos perversos es un thriller de Hitchcock escrito por Cortázar. Es decir, tiene toda la maquinaria que hace funcionar las películas del maestro del suspenso, pero al mismo tiempo tiene una serie de toques poéticos experimentales que recuerdan al desaparecido escritor argentino. Es una película donde la trama (a pesar de ser bastante buena) termina siendo secundaria al estudio de sus personajes, y donde el asesinato no se resuelve ni importa que se resuelva. La cinta es, en su esencia, una observación de la manera en la que reacciona una mujer cincuentona frente a una muchacha promiscua que atenta contra su paz y tranquilidad y la forma como reacciona esa muchacha ante una mujer mandona y algo voyeurista.
Me impresionó principalmente la manera en la que las dos protagonistas, Charlotte Rampling, misteriosamente bella aún después de tantos años, y Ludivine Sagnier, irreconocible después de aparecer en 8 mujeres (del mismo director), encarnan a sus respectivas heroínas, estableciendo dos personajes creíbles y reales.
Son actuaciones que sólo se logran cuando existe una confianza intuitiva entre intérprete y realizador, y es muy probable que el director François Ozon escribiera el guión de esta cinta pensando en las fuerzas particulares de estas dos actrices con las que ya había trabajado anteriormente.
Esta familiaridad es también lo que permite que ambas realicen escenas al desnudo que son al mismo tiempo sensuales y retadoras. No son los desnudos pudorosos Hollywoodenses donde uno siente el puritanismo en cada cuadro como si la actriz inconscientemente estuviera transmitiendo su culpa. Al contrario, es un sensualismo que permite mostrarnos mujeres que se sienten con el derecho de usar sus cuerpos para obtener lo que desean, ya sea el dominio de sus amantes o del espectador. Es esta libertad, distribuida a lo largo de la película, lo que permite una síntesis del thriller viejo y de este thriller lírico europeo, sexoso, sensual y muy divertido.
Me impresionó principalmente la manera en la que las dos protagonistas, Charlotte Rampling, misteriosamente bella aún después de tantos años, y Ludivine Sagnier, irreconocible después de aparecer en 8 mujeres (del mismo director), encarnan a sus respectivas heroínas, estableciendo dos personajes creíbles y reales.
Son actuaciones que sólo se logran cuando existe una confianza intuitiva entre intérprete y realizador, y es muy probable que el director François Ozon escribiera el guión de esta cinta pensando en las fuerzas particulares de estas dos actrices con las que ya había trabajado anteriormente.
Esta familiaridad es también lo que permite que ambas realicen escenas al desnudo que son al mismo tiempo sensuales y retadoras. No son los desnudos pudorosos Hollywoodenses donde uno siente el puritanismo en cada cuadro como si la actriz inconscientemente estuviera transmitiendo su culpa. Al contrario, es un sensualismo que permite mostrarnos mujeres que se sienten con el derecho de usar sus cuerpos para obtener lo que desean, ya sea el dominio de sus amantes o del espectador. Es esta libertad, distribuida a lo largo de la película, lo que permite una síntesis del thriller viejo y de este thriller lírico europeo, sexoso, sensual y muy divertido.

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