Celuloide de papel
Aunque siempre he sido partidario del dicho “para saber de cine hay que ver cine” creo que también es bueno rondar las librerías de vez en cuando para comprar un libro crítico sobre algún director o género, para poder “ver” con ojos renovados. Inclusive mi propia adicción por el cine comenzó hace quince años con un libro con fotogramas de las películas de Hitchcock, así que en sí, la biblioteca no es un mal lugar para comenzar a indagar en el medio. Este libro era un volumen grande con poco texto, que me llevó a buscar otro libro sobre Hitch, fundamental para entender cómo y por qué funcionan las películas. “El cine según Hitchcock” (Alianza Editorial) es una entrevista sobre toda la obra del director británico conducida durante varios años por su seguidor François Trufaut. Aquí Hitch revela no solo que la sangre en Psicosis era de chocolate, sino además cómo se genera el suspenso, por qué nos identificamos con los personajes de la pantalla y cómo se escoge tal o cual ángulo para lograr un efecto determinado.
El género clásico de los libros de cine son las biografías y autobiografías. Tanto Renoir cómo Buñuel tienen buenos tomos, pero por puro morbo mi favorito es “Yo necesito Amor” de Klaus Kinski (Tusquets) donde el actor de Aguirre la furia de Dios y el a veces papá de Nastasia Kinski narra cómo se acostó con más de mil mujeres (casi todas menores de edad) y cómo Werner Herzog, el famoso director de cinco películas en las que él participó era un completo inepto. Es una autobiografía muy divertida principalmente por ser totalmente falsa. En un documental sobre la pareja, Herzog cuenta cómo Kinski le había argumentado que no podía esperar vender muchos libros si escribía que todos se la habían pasado de maravilla, y cómo Herzog estando de acuerdo le había ayudado a inventar los peores insultos del libro, muchos de ellos contra su propia persona.
Los en serio cinéfilos además compran una tercera clase de libro, uno relleno de los stills o fotogramas sacados directamente del negativo, o por fotógrafos en el momento del rodaje. La mejor compañía del mundo para estos cinéfilos fetichistas es Taschen, quien edita albums sobre Stanley Kubrick, Hitchcock y Billy Wilder.
Este mercado para libros especializados me lleva afirmar que se comprueba una hipótesis que he expresado en este espacio en otras ocasiones: que los que estamos en este negocio pagaremos lo que sea por la posibilidad de detener la imagen aunque sea un segundo, solo por el simple goce de tocar un objeto derivado de nuestra parpadeante e intangible obsesión.
El género clásico de los libros de cine son las biografías y autobiografías. Tanto Renoir cómo Buñuel tienen buenos tomos, pero por puro morbo mi favorito es “Yo necesito Amor” de Klaus Kinski (Tusquets) donde el actor de Aguirre la furia de Dios y el a veces papá de Nastasia Kinski narra cómo se acostó con más de mil mujeres (casi todas menores de edad) y cómo Werner Herzog, el famoso director de cinco películas en las que él participó era un completo inepto. Es una autobiografía muy divertida principalmente por ser totalmente falsa. En un documental sobre la pareja, Herzog cuenta cómo Kinski le había argumentado que no podía esperar vender muchos libros si escribía que todos se la habían pasado de maravilla, y cómo Herzog estando de acuerdo le había ayudado a inventar los peores insultos del libro, muchos de ellos contra su propia persona.
Los en serio cinéfilos además compran una tercera clase de libro, uno relleno de los stills o fotogramas sacados directamente del negativo, o por fotógrafos en el momento del rodaje. La mejor compañía del mundo para estos cinéfilos fetichistas es Taschen, quien edita albums sobre Stanley Kubrick, Hitchcock y Billy Wilder.
Este mercado para libros especializados me lleva afirmar que se comprueba una hipótesis que he expresado en este espacio en otras ocasiones: que los que estamos en este negocio pagaremos lo que sea por la posibilidad de detener la imagen aunque sea un segundo, solo por el simple goce de tocar un objeto derivado de nuestra parpadeante e intangible obsesión.

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