sábado, diciembre 27, 2003

Sin aliento

Hubo varios momentos durante El Regreso del Rey, la parte final de la trilogía de El señor de los anillos, donde admito me quedé sin aliento; pasmado. En otros estuve apunto de soltar la lágrima y en otros más, la tensión me hizo estrujar los descansabrazos de mi asiento mientras esperaba, muy tenso, conocer el destino de los protagonistas. Este es el misterioso poder del medio, ser una fábrica de emociones, permitirnos vivir otras vidas y sentir otras almas de una manera visceral, a través de los personajes de la pantalla.

“Lo único que puedes hacer es decidir que hacer con el tiempo que se te da” dice Gandalf en la segunda película del ciclo. Este aforismo es el hilo conductor de las tres películas, y en El regreso del rey esta idea se cristaliza aclara y depura: Cada quien tiene que estar consciente que el tiempo que tenemos sobre la tierra es finito y que cada quien tiene que obrar según los dictámenes de su conciencia. Es un dicho que fácilmente se banaliza cuando se reduce a “vivir cada momento como si fuera el último”, pero aquí adquiere una gravedad y fuerza por el inmenso lienzo en el que se plasma. No es lo mismo escuchar esa raquítica frase ya de por si cliché, que ver un grupo de amigos y hermanos poner sus vidas de por medio para hacerla realidad.

A las películas como a la música, la pintura o cualquier otro arte solo le pido dos cosas, que estimulen mi mente y que muevan mi corazón. Las películas que me piden que deje el cerebro en la entrada del cine me insultan y las que no tienen vida me aburren., felizmente el Regreso del rey cumple estos dos requisitos. Es una película digna de las grandes épicas de los sesenta como Lawrence de Arabia, divertida pero además muy inteligente. Es, sin mucha hipérbole, un festín sensorial y un panegírico a la amistad, el honor, la lealtad y la familia.

viernes, diciembre 19, 2003

Una introducción a El Señor de los Anillos

La trilogía de El Señor de los Anillos junto con El Hobbit han sido los experimentos de filología más populares en la historia de la disciplina. La fuente de los cuatro libros fueron los estudios que realizó J.R.R. Tolkien de leyendas nórdicas y angosajonas - fuentes del idioma inglés - en su larga carrera como profesor en la universidad de Oxford. Otras fuentes de inspiración fueron sus experiencias en la Primera Guerra Mundial y en gran medida los evangelios cristianos, los mitos más verídicos y literales de la humanidad según la opinión de Tolkien.

Los libros fueron publicados en los cincuenta, pero solo adquirieron su popularidad al ser descubiertos la década siguiente por universitarios estadounidenses, interesados en experimentar con nuevas formas de cognición a través del arte (2001: Odisea del Espacio por ejemplo) y drogas como el LSD y otras sustancias psicotrópicas. El señor de los anillos, con su minuciosa construcción de mundos fantásticos, de una realidad diferente a la nuestra pero muy similar, saciaba esta necesidad ejemplarmente.

La trilogía de películas que esta semana concluyen con el capítulo de El Regreso del Rey no son la primera vez que se intenta traer a la pantalla las historia de los Baggins y su anillo (Hay una versión animada muy mediocre de 1978). Sin embargo, sí son las primera versión que logra exitosamente traducir lo mejor de los libros al cine: la estrecha amistad de los personajes, la excitante aventura y el gran detalle que fluye a través de más de mil páginas.

Su mayor logro sin embargo, adquirido gracias a la visión de su director Peter Jackson, un realizador que nunca había tenido grandes éxitos comerciales aunque sí artísticos, es que nos muestra una obra épica del tipo que no se veía desde Espartaco, Ben Hur o Lawrence de Arabia, la cual nos envuelve de la misma manera que el libro puede hacerlo. Esta trilogía recupera esa esencia que conducen las palabras escritas pero logra a su vez respetar al libro evitando copiarlo. Es este sentido de majestuosidad totalizadora lo que más debemos de admirarle.

jueves, diciembre 11, 2003

De las profundidades del río Mystic

Puertas que se cierran, pasos de alguien que corre, un golpe, el viento, estos son los sonidos con los que comienza Río Místico, la nueva película de Clint Eastwood. Efectos auditivos que causan una pesadumbre, opresivos, que provocan que sintamos que algo siniestro va a ocurrir; atrayéndonos y chupándonos a lo más profundo del drama.

Río Místico es una película que realmente no esperaba de Eastwood, me sorprendió mucho. En el pasado el director nos ha presentado trabajos muy competentes pero nada verdaderamente espectacular, nada como esta película, un trabajo que logra la difícil tarea de construir personajes creíbles al mismo tiempo que desarrolla un misterio y un melodrama trágico de grandes profundidades. Lo que podría haber sido una historia muy mundana, contada con el tipo de efectitis que ahora predomina en el cine (una edición de picadillo, narración no secuencial) o con un estilo lacrimoso, donde todos los personajes logran sobrellevar sus adversidades telenovelescamente, termina siendo una cinta de gran resonancia que adquiere más y más significados cada vez que se ve.

Los personajes comienzan siendo poco menos que estereotipos: Tim Robbins, el niño dañado que se convierte en un hombre al borde del ostracismo, Sean Penn, el padre sediento de venganza por la muerte de su hija y Kevin Bacon, el hombre frío, el policía cansado de violencia y asesinatos que ya no puede más. La genialidad de la película es que toma estos tres individuos y los va construyendo pieza por pieza, revelando a cuentagotas quienes son y qué piensan, agregándoles múltiples dimensiones, convirtiéndolos en seres reales. Cada dato una especie de bloque de Lego que al final forma una construcción inesperada pero lógica.

La dirección de Eastwood es certera, pausada, sabe que tiene un gran guión y tremendos actores y a ambos los deja desarrollarse como es debido sin carrerearlos. Es una meditación sobre la culpa y la venganza, una cinta adulta, sincera, que nos llena de emoción e ideas. Es indiscutiblemente la mejor película de Clint Eastwood, y una de las mejores del año.

miércoles, diciembre 03, 2003

Sadismo

"1. m. Perversión sexual de quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona. 2. m. Crueldad refinada, con placer de quien la ejecuta."

Kill Bill, la nueva película de Quentin Tarantino, es sin lugar a dudas la película más sangrienta que he visto en mi vida; más sangrienta que Starship Troopers, más sangrienta que Siete, Salvando al soldado Ryan o inclusive Perros de reserva, la primera cinta del director. Inspirada en las películas asiáticas de acción de las últimas tres décadas, Tarantino se deleita mostrándonos brazos cercenados, vísceras trituradas y ríos de hemoglobina.

Gran parte de la violencia de Kill Bill es evidentemente caricaturesca y falsa, pero un tercio de lo que vemos en la pantalla es muy realista, tanto que me vi a fin de cuentas incapaz de disfrutar la cinta. Porque Kill Bill es una comedia que nos pide que nos riamos del sufrimiento ajeno, sin mucho contexto ni fundamento, manteniendo las tomas fijas para regodearnos en cada cuchillada, cada golpe y cada explosión de bala.

Por lo general, la violencia en la pantalla no me molesta mucho. He disfrutado tanto Perros de reserva como Tiempos violentos, La naranja mecánica y Terciopelo azul, por citar unos ejemplos. Sin embargo, estas cuatro cintas han tenido historias cautivadoras e interesantes, donde la violencia no está ahí porque se ve “chida”, sino porque verdaderamente le agrega algo a la trama. En Kill Bill la historia, contada en tres minutos, es tan parca que todo lo demás resulta ser un mero capricho del director. Indudablemente Kill Bill esta revestida con el virtuosismo típico que le conocemos a Tarantino: cientos de referencias de la cultura pop, complejos artilugios narrativos y un lenguaje cinematográfico, una manera de contar las cosas con imágenes, poco menos que milagrosa. Pero este termina siendo precisamente el problema principal de Kill Bill, es una película de estilo que se ve muy bonita pero que no tiene ni una sola preocupación remotamente humana. La violencia termina siendo decorativa y sádica, provocando que el filme se vuelve un mero pretexto para mostrar las obsesiones cinefílicas de su director.

Tarantino es un creador que desde los inicios de su carrera ha prometido mucho, y quien siempre ha afirmado estar preocupado por demostrar su talento artístico en la pantalla. Es una lástima que su dominio sobre el medio, sea opacado por una obvia y profunda vulgaridad de carácter.