Apocalipsis en Nueva York
Mi respuesta simple para los que me preguntan que tan buena o mala está El día después de mañana es la siguiente: es una película muy estúpida y muy divertida. Una cinta genérica, llena de clichés y cursilerías, filmada pensando en personas que no le ponen mucha atención a la pantalla por estar maniobrando las palomitas, y que sin embargo entretiene por tener un buen ritmo, buenos actores y efectos especiales de primer nivel. Además de tratar un tema importante, el desequilibrio ecológico, que ya debería de estarnos preocupando.
Hay una psicología muy curiosa que opera en las películas del Apocalipsis y es el hecho de que disfrutemos viendo cómo se acaba el mundo. Quizás por que inconscientemente nos da gusto que el día de mañana todas nuestras preocupaciones banales hayan desaparecido como por arte de magia y quizás porque a fin de cuentas es humano verle algo de poesía a la destrucción y el caos. Nos permiten de una manera perversa pero inocente hacer de Nerón tocando el violín mientras arde Roma, y es cierto en El día después de mañana el mundo experimenta violentos y penosos cambios de temperatura, y es difícil no exclamar lo bello que se ve Nueva York debajo del mar.
Las películas apocalípticas siempre tienen tres elementos esenciales, el drama humano que hace específica la catástrofe, la ciencia o los detalles pseudocientíficos que la provocan, y escenas del cataclismo, ya sean la destrucción de Pompeya en Los últimos días de Pompeya (1959) o el mundo en Armaggedón (1998). El día después de mañana cumple ejemplarmente con dos de estos elementos: una pseudociencia entretenida, un caos visualmente apasionante, y fracasa en el tercero la historia, tan sonza pero tan sonza (no se le puede pedir más al director de El día de la independencia y Godzilla) que me lleva a recomendarles dejar el cerebro a la entrada del cine y disfrutar visceralmente todo lo demás.
Hay una psicología muy curiosa que opera en las películas del Apocalipsis y es el hecho de que disfrutemos viendo cómo se acaba el mundo. Quizás por que inconscientemente nos da gusto que el día de mañana todas nuestras preocupaciones banales hayan desaparecido como por arte de magia y quizás porque a fin de cuentas es humano verle algo de poesía a la destrucción y el caos. Nos permiten de una manera perversa pero inocente hacer de Nerón tocando el violín mientras arde Roma, y es cierto en El día después de mañana el mundo experimenta violentos y penosos cambios de temperatura, y es difícil no exclamar lo bello que se ve Nueva York debajo del mar.
Las películas apocalípticas siempre tienen tres elementos esenciales, el drama humano que hace específica la catástrofe, la ciencia o los detalles pseudocientíficos que la provocan, y escenas del cataclismo, ya sean la destrucción de Pompeya en Los últimos días de Pompeya (1959) o el mundo en Armaggedón (1998). El día después de mañana cumple ejemplarmente con dos de estos elementos: una pseudociencia entretenida, un caos visualmente apasionante, y fracasa en el tercero la historia, tan sonza pero tan sonza (no se le puede pedir más al director de El día de la independencia y Godzilla) que me lleva a recomendarles dejar el cerebro a la entrada del cine y disfrutar visceralmente todo lo demás.
