lunes 3 de marzo de 2008

Bárbara Coppel... por alguna razón...

Estoy con mis papás viajando por una carretera un tanto empinada. Recuerda mucho al tipo de carreteras boscosas que hay entre la Ciudad de México y Cuernavaca. Desde el asiento de atrás de la miniván miro el paisaje, los bosques verdes, etc., y de repente veo a Bárbara Coppel, una antigua y distante compañera de preparatoria pedaleando a un lado, en una de esas bicicletas deportivas con llantas muy angostas.

En el momento en el que nos detenemos para ponerle gasolina a la camioneta, yo me bajo, encuentro una bicicleta y me pongo a pedalear.

jueves 14 de febrero de 2008

Antología de la literatura fantástica

Antología de la literatura fantástica
Ayer soñé que vivía en un mundo post-apocalíptico - había caído una bomba atómica o algo parecido.

Asistía a un juego de futbol. El estadio estaba semi-vacío. Como en el mundo no había suficientes jugadores hombres buenos, el equipo era mixto.

Al acabar el juego regreso a mi departamento (una construcción sencilla de ladrillos rojos, y dos pisos, como sacada de la película de Fahrenheit 451), ahí estaban mis papás platicando. Mi papá nos convence de que hay que quemar el edificio. No me queda claro el por qué. Si por el dinero del seguro o por algo más.

"¿Me puedo llevar mis libros?" le pregunto. "Solo lo que puedas cargar".

Mi papá pone una bomba y la activa debajo de una caja de cartón.

Intento frenéticamente pensar que libros debo de salvar - no se me ocurre cuales. Esta es una pregunta importante dado de que este es un mundo post-apocalíptico es sumamente dificil encontrar algunos de ellos. Hay que escoger bien.

Corro al estante y salvo todo lo de la editorial Faber & Faber - poesía y obras de teatro. Es lo más facil de identificar por lo distintivo de los lomos.

Corremos a la calle.

De las ventanas vemos como salen chorros de fuego, como en las películas.

"Maldita sea" pienso, "Debí de haber salvado la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, es dificilísima de conseguir".

Lo pienso dos veces ¿Me regreso al departamento y lo intento salvar?

El sueño termina. Me despierto a las seis. Voy al baño, a la cocina por un vaso de leche. Lentamente me acuerdo de las particularidades del sueño. El mundo post-apocalíptico y los libros. Camino hacia el librero y saco esa antología fantástica. El hecho de que no esté quemada me llena de alivio.

sábado 10 de noviembre de 2007

Pesadilla con lluvia

Soñé que llovía... a cántaros. Tenía el mismo trabajo que ahora tengo, pero vivía solo, con mi mamá, en Monterrey. Terminábamos de cenar cuando me dí cuenta que al día siguiente tenía una clase ara la cual no había hecho la taréa. La casa estaba muy, muy oscura, con esa textura ocre de 1984.

Me entró la desesperación ¿Por qué tenía que seguir estudiando si ya tenía un buen trabajo? Maldita carrera interminable. ¿Cuanto me faltá, un semestre? Mi mamá me volteó a ver: "No, acuerdate que tu carrera la cambiaron a diez semestres, te faltan dos". En ese instante contemplo el horror de una carrera que no se termina.

"¿Y si te vas a McAllen (en Texas) de intercambio?" Me pregunta mi mamá. "Eso de qué serviría" le digo yo muy ansioso.

La oscuridad cubre la noche y nos vamos a acostar. Tengo ganas de orinar y no hay baños. Salgo de la casa. El mundo de afuera es un enorme jardón Oxfordiano, verde oscuro, lleno de colinitas y pequeños monumentos con columnas griegas. Está lloviendo menos, pero el agua se ha encharcado en el jardín.

Corro a varios puntos donde se hay baños. En el camino me encuentro a figuras espectrales caminando sin rumbo. ¿Son robots humanoides? ¿O un grupo de espectadores de golf extraviados?

Cuando relampaguéa puedo ver a los grupúsculos de gente por la pradera.

Llego a un pequeño bungalow donde sé hay baños. La verdad ya hasta se me quitaron las ganas. Una muchacha, una gringa güera me hace una pregunta. Me parece bonita y me debato si debo de besarla, pero para ese momento me doy cuenta que el lugar a donde iba ir a orinar esta cerrado con candado.

Me regreso por los largos pasadizos de piedra y paso hasta mi cuarto. Abro la puerta y me encuentro en un hotel. Debajo de una cúpula, entre los sofás rojos del bar. Veo a mi papá.

"¿Tuviste suerte?" me pregunta. Está vestido como cuando vamos de viaje a Europa, jeans, camisa roja y chamarra café. "No" le digo "todos los baños estan super ocupados".

Mi papá se va al otro extermo del restaurante, yo me arrimo al baño, y desde la entrada veo un mingitorio libre. Tranquilamente camino hacia él, pero me impiden el paso tres franceces que argumentan en francés que ellos estaban primero. Yo empiezo a dudar si lo que dicen es cierto pero igual me quedo inmovil. Entonces queda libre el mingitorio de mi derecha y los franceces me sugieren que lo use mejor. Lo examino y veo que está colocado un poco más abajo que el mio. "Bueno" digo dudándole.

Orino, hablando con los franceces en una mezcla de las cinco o seis palabras que me sé en francés y en español. Salgo del excusado y le digo a mi papá que el bño está libre. Me levanto, y me tardo unos minutos en procesar que el horror de estar en la universidad era solo una pesadilla...

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viernes 28 de septiembre de 2007

El día que me dio clases Hitler

Cada tres o cuatro semanas tengo un sueño absolutamente bizarro. Me despierto y es tan extraño que me tardo un poco en procesar la realidad de estar consciente. Hace como tres semanas soñé que estaba en una expedición por la India y que en la plaza de un mercado (creo que inspirado por Kim, la novela de Kipling), aparecía un chango gigante albino que nos perseguía, y que a todos los indios que vendían cosas en el mercado transformaba a su vez en pequeños changuitos albinos. Hoy/ayer, soñé que Hitler me daba clases de preparatoria.

Me encontré en el sitio de siempre, en el viejo salón, en la última fila, en el último banco, como fue mi costumbre casi toda la preparatoria. A mi lado está Carlos Hurtado, uno de mis mejores amigos. Le estoy contando a él y a cualquiera que quiera escucharme, del efecto Humphrey Bogart. De cómo hay muchas personas que quieren poner un restaurante para ser como Bogart en Casablanca, y pasarse todo el tiempo jugando ajedrez, tomando alcohol, etc., pero que no saben que en la realidad, tener un restaurante está lleno de complicaciones y penurias. En ese instante, Hitler entra al salón.

La verdad es que el líder nazi no es muy imponente; chaparrito, viene vestido de kaki, con un sombrero de tirol verde en la cabeza. Lo viene siguiendo un muchacho con una cadena al cuello, el cual asumimos es una especie de traductor/esclavo personal.

¿Les mencioné que la acción se sitúa en la Italia ocupada? No se por qué del detalle anacrónico pero así era.

Yo por mi parte estoy leyendo un libro que se llama algo así como "El reich de mil años", que tiene la misma portada negra con la esvástica en el centro, de "La derrota y caída del tercer reich" del periodista William L. Shirer. Por un instante me pregunto por qué "El reich de mil años" tiene la misma portada de "La derrota y caída del tercer reich"

Hitler empieza a dar la clase - en alemán - el cual naturalmente, ninguno de nosotros habla - y el muchachito va traduciendo, muy bajito, en italiano o francés o árabe algo que ninguno de nosotros (mexicanos) entiende.

"Es inaudito" le digo a mi amigo Carlos "¿Hitler nos va a dar clases?". Lo digo con la misma indignación que me daba cuando me tocaba un mal maestro o cuando nos enseñaban algún concepto idiota. Ese tonito que suele ser acompañado con la frase ¿Para esto me levanté? "¿No nos da vergüenza que nos intente indoctrinar este dictador?"

Hitler comienza a dibujar un mapa en el pizarrón. Todos entendemos de alguna forma que está tratando de explicar que en Alemania ya no quedaba espacio, y que por eso tuvieron que invadir Europa. Lo cual me parece una completa burrada.

"¿Y por qué no nos revelamos?" le digo a Carlos "Después de todo ya sabemos que Alemania va a perder la guerra. No corremos ningún peligro que nos encierren. En mi libro viene cómo acaba todo. ¿Qué tenemos que perder?, a fin de cuentas el tipo se acaba suicidando en su búnker."

"Ya mano, nos vas a meter en problemas" me responde Carlos, como queriendo decir, si nos esperamos unos minutos se acaba la clase y seremos libres.

Yo no me puedo contener. Me paro en mi sitio y le hago una pregunta insultante a Hitler. El me mira muy confundido. Quizás no está acostumbrado a que le hagan preguntas. Quizás no entiende el español. Hitler comienza a intentar responderme, balbuceando. Yo me siento - "Mire Sr. Hitler, si usted no sabe la respuesta entonces dígalo, no me tiene que estar inventando cosas".

Hitler sigue con lo suyo y yo en lo mío.

Me levanto. Vuelvo a decir cosas para interrumpir la clase, intentando, de refilón que el resto del salón se subleve. No hay ni guardias ni nada. Hitler no parece prestarme mucha atención.

"Esto requiere medidas drásticas" pienso, mientras tiro un banco estrepitosamente contra el suelo.

Hitler se da media vuelta y se queda pasmado.

Tiro otro banco contra el suelo, grito. Hago como loco. Es un poco como esa escena en ET donde Eliott libera a las ranas. Poco a poco mis letárgicos compañeros se despiertan, se levantan y comienzan a hacer lo suyo. A tirar bancos, romper ventanas, destrozar el pizarrón. Yo comienzo a cantar La Marsellesa (como en Casablanca), y las partes que no me sé las tarareo. Otros me acompañan.

Hitler se queda inmóvil. Evidentemente su gran experimento de indoctrinación ha fracasado. No es tan buen maestro como él pensaba.

La turba sale. Nos quedamos en el salón Hitler y yo. El parado en su sitio, y yo entre las ruinas de pupitres.

Hitler intenta escapar. Yo lo inmovilizo por la espalda, con mis brazos encadenados a los suyos contra su nuca. No cuesta mucho trabajo. Es un hombre muy pequeño y debilucho. Así salgo a las calles italianas, con el villano en mano.

Primero veo grupúsculos de gentes, sobretodo mujeres ancianas con pañoletas, y viejos hombres asustados. Grito "¡der juden, der juden!" porque tengo el maquiavélico plan de hacer que atrapen a Hitler, confundiéndolo con un judío, para que lo metan a uno de sus propios hornos en un campo de concentración, pero nadie me hace caso.

Entonces grito ¡politzía, politzía!, esperando que lo metan a la cárcel, pero el único policía que veo no se atreve a acercarse.

El policía me extraña porque está vestido con un chaleco verde y un sombrero negro alto, más apropiado para los tiempos de Garibaldi que para el 2007.

Hitler no se mueve, es como cargar un costal de papas que solloza.

El viejo policía del chaleco verde y las largas barbas sale de cuadro. Es más nadie me está poniendo atención. La calle se ha quedado desierta. Aún y cuando yo he estado gritando a todo volumen po-lit-zia, co-la-bo-ra-cio-nista y (algo así como) ¡Italia, despierta, aquí está el verdugo que te hizo caer a tus pies! Una y otra vez.

Grito y grito durante lo que parecen horas. La garganta me arde de tanto gritar. Comienzo a desesperarme. Me entra el pánico. Dónde voy a poner a este sujeto. Me estoy cansando. Hasta que finalmente mis brazos ya no pueden más con él y Hitler huye. Lo veo a la distancia, perdiéndose en la neblina de las catacumbas.

Me despierto.

No entiendo lo que está pasando. Intento recordar. Hitler, etc. ¿Era un sueño? Pero siento que me duele la garganta y los oídos. Es de tanto gritar "politzía".

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