Una oración sensacional
Pero yo, en cuanto oía la frase: "Matilde, ven y no dejes a tu marido que beba coñac", sintiéndome ya hombre por lo cobarde, hacía lo que hacemos todos cuando somos mayores y presenciamos dolores e injusticias: no quería verlo, y me subía a llorar a lo más alto de la casa, junto al tejado, a una habitacioncita que estaba al lado de la sala de estudio, que olía a lírio, y que estaba aromada, admás, por el perfume de un grosellero que crecía afuera, entre las piedras del muro, y que introducía una rama de flores por la entreabierta ventana.
Marcel Proust, En busca del tiempo perdido



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