No me la esperaba tan fácil

Uno de los profundos placeres que uno experimenta con los artistas vivos, es el proceso de espera de la siguiente obra. Con Bach o Flaubert uno ya sabe que no hay más de lo que hay. Por más que quisiéramos, no se va a encontrar una cantata nueva ni otro Madame Bovary.
En música espero con ansias lo nuevo de Björk, Fiona Apple, Radiohead y Brad Mehldau; en cine Wes Anderson, Terrence Malick y Charlie Kaufman; en caricaturas el regreso glorioso de Futurama; en literatura Mario Vargas Llosa.
No hay nada más sublime, que el acto de leer en el periódico (o enterarse por la red) que la obra, "ya viene", "ya está por llegar", "ya se espera próximamente", y pasar los siguientes meses o inclusive años al borde del desquicie en espera del momento de la catarsis. Ese momento cuando nos decepcionaremos por completo del artista (Matrix Revolutions) y lo negaremos tres veces, o ese instante cuando lo proclamamos como la segunda llegada de Cristo, absolutamente infalible y superior al resto de todos los mortales.
En un mundo de gratificación instantánea, esa sensación de logro después de tres años de estar intentando conseguir el maldito libro de "La lengua del Tercer Reich" que finalmente hayamos en un vil Corte Inglés de España, o después de año y medio de buscar "La verdad de las mentiras", que ordenamos a Amazon.com ¡en español!, y que un mes después encontramos en un vil Sanborns, sigue siendo unica. Es por eso que me dejó totalmente apopléjico (en el buen sentido de la palabra) que mientras curioseaba por la Gandhi de Coyoacán encontré, así muy quitada de la pena, como por generación espontánea, arrumbada en una esquina: "Travesuras de la niña mala", la última novela de Vargas Llosa.
Ya hace más de un año que leí una entrevista con el autor donde mencionaba ese proyecto, pero de ahí en adelante … mutismo absoluto. Los periódicos de las últimas semanas no mencionan nada, e inclusive la página de Alfaguara México se mantiene absolutamente agnóstica ante el asunto.
Es muy extraño, se siente como recibir un gran regalo inesperado. Como si la última película de tu director favorito se estrenara sin fanfarrias ni anuncios en el cine de a la vuelta de la esquina, así como así. La verdad no me la esperaba tan fácil.
Para los obsesivos: La foto de la cubierta es de Morgana Vargas Llosa, hija de Mario. Aparece íntegra en el álbum "Las fotos del paraíso", publicado por Alfaguara.
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2 Comments:
¿Por qué confiamos tanto en un hombre que le pone a su propia hija Morgana?
Es pregunta, nada más. Porque en efecto, si hubiera que sacarse el propio cerebro y ponerse el de otro, no hay muchos cerebros mejores que el de Vargas Llosa.
Mira le pudo haber ido peor, ¡al menos no le puso Guinevere!
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