La nostalgia ¿es mayor cuando los recuerdos son más vagos? Ando de vuelta en Monterrey para la boda de unos amigos, dando vueltas en el carro, recorriendo lugares por los que pasé mucho tiempo alguna vez: mi segunda casa, el terreno a donde iba a los Scouts, varios parques, etc. Muy extraño.
Tengo una relación de amor-odio-fascinación con Monterrey. Cada vez menos odio, o al menos un odio con “o” minúscula. Tuve el problema de nacer obsesivo-compulsivo en una ciudad donde los obsesivo-compulsivos son mal vistos. O al menos son mal vistos si no cuidan las formas externas. Si no siguen un código de externalidades que yo no aprendí a leer hasta que ya fue demasiado tarde. Una situación que a la larga me llevó a adoptar la filosofía de Groucho Marx (y Woody Allen), de no querer pertenecer a ningún club que me tuviera a mi por miembro, y menos si este era algún club de Monterrey.
Lo curioso es que con el tiempo uno se da cuenta de que necesariamente uno tiene que pertenecer a alguna parte. Que el cosmopolitanismo y vivir de una maleta esta muy bien y lo que quieras, pero que, como escribió Alexis de Tocqueville: el origen es identidad.
Así es que con 1/3 de mi vida vivida, me encuentro preguntando si ultimadamente siempre habrá un hilo en esta ciudad que me defina para siempre. Un hilo invisible que habrá que investigar y ultimadamente aceptar. Porque por más bello que sea mi querido Coyoacán, de cuando en cuando me llega este sentimiento de deja vú en inverso (¿anaja vú?) que me deja tremendamente desconcertado y paranoico: la sensación de que nunca he estado en el lugar en el que estoy.
Pero de regreso a lo de la nostalgia. Una de las cosas que noto estando aquí es que entre más antiguos los recuerdos, más los atesora uno. No es que el pasado reciente carezca de emociones – inclusive hay algunos de esos lugares que francamente les saco la vuelta. Pero me llama mucho la atención que pasar por la casa en la que viví casi toda mi infancia, no sea ni la mitad de significativo, de lo que es llegar a la casa donde pasé los (escasos) tres primeros años de mi vida.
Curiosamente mi mamá es igual. Una tía abuela también. Mi abuela también. Cuando hablan de sus casas y de sus recuerdos. Los más vívidos son los de los primeros tres a cinco años de su vida. Sin proponérselo, sus diálogos más elocuentes y evocadores son de ese momento de la infancia. Quizás el más sensorial y menos cronológico. Es muy curioso. Hablan de la gallina del jardín, del corte de pelo, del ocre del paisaje, de cosas que aparentemente sería imposible acordarse en esa edad pre-verbal, con mucho más gusto que sus años adolescentes.
Quizás esta es la razón por lo que se dice tanto esa frase hecha de que los niños son artistas innatos, o que los artistas son adultos que nunca olvidaron cómo ser niños.