Cuando pandillas de melancólicos “Emus” se enfrentan contra violentos “Punketos” y oscuros “Darketos”, solo para ser interrumpidos por un grupo de alegres “Hare Krishna”, uno sabe inmediatamente que vive en la ciudad correcta.
El futuro es poder ver en tu computadora un video de un conjunto japonés tradicional, tocando Smoke on the Water de Deep Purple con la letra traducida al japonés.
¿En serio que qué hacía la gente antes de que existiera el internet? Ya me está costando trabajo recordarlo. Sospecho que igual gastabamos el tiempo en tonterías, pero ahora lo gastamos con mucha mayor sofisticación.
Hace unas semanas ví Executive Suite, una película de los cincuenta que se sitúa en las oficinas corporativas de una enorme compañía, y lo que más me sorprendió es que ninguno de los ejecutivos tenía computadora. ¿Qué hacían todo el día estos ejecutivos? ¿Mantener sus escritorios limpios? ¿Dictar cosas a sus secretarias?
Bueno pues bendito el internet que para nuestro ocio edificante nos ofrece una entrevista completa (¡y con subtítulos en español!) con Vladimir Nabokov (padre de Lolita) ocurrida en el Apostrophes de Bernard Pivot.
Detalle curioso, Nabokov “lee toda la entrevista” (previamente redactada), pues estaba aterrado de equivocarse en un foro público.
Futurama, la serie de caricaturas creada por Matt Groening de Los Simpsons, es uno de esos programas totalmente idiosincráticos que las televisoras – Fox en este caso – suelen odiar porque no siguen un molde preestablecido. En estas series el humor tiende a ser un poco más especializado (y surrealista) de lo común, sus públicos son más reducidos (aunque mucho más leales), y su altísima calidad las vuelve legendarias, un ejemplo a seguir para series del futuro — vease también Arrested Development otro programa inteligente que Fox mató.
Afortunadamente las altas ventas de Futurama en DVD han llevado a la gente de la lana a la inédita situación de relanzar la serie a través de varias películas hechas para televisión, comenzando con “Bender’s Big Score” que también ya está a la venta en DVD. La película, hace referencia a prácticamente todos los personajes de las 4 temporadas y continua haciendo gala de la gloriosa animación por la cual se conocía a esta caricatura.
Este pequeño comercial de Dove me dejo boquabiertó. El tema no es original (“la forma como la publicidad trastorna el autoestima de las mujeres”), pero el tratamiento si que lo es – impactante y abrumador.
Mis 2 peñiques en el asunto, es que este no es el problema, sino el síntoma de un mal mucho más profundo de finales del SXX y principios del XXI: el cataclismo de una sociedad de masas que no ha logrado encontrar una manera de vivir holísticamente. Que no ha encontrado el punto medio entre irse a vivir a una pequeña isla autárquica del mediterráneo, y la salvación tecnoutópica que profesan algunos futuristas.
En cuestión de la interpretación de la música clásica creo que existen dos extremos: uno es el técnico y el otro el emocional. Los músicos absolútamente técnicos se adhieren perfectamente a la partitura como si fueran robots, los emocionales le sacan lirismo hasta convertir las notas en azúcar. El director Carlos Kleiber se encuentra absolutamente en el centro perfecto. Es por esto que un crítico de la revista TIME al escuchar su grabación de la Quinta Sinfonía de Beethoven exclamó “es como si Homero hubiese regresado a declamar la Ilíada“:
Es navidad en un pueblito de los Estados Unidos en los años cincuenta. Cary Scott (Jane Wyman), una viuda de unos cuarenta años, espera la llegada de sus hijos.
La señora Scott suspira. Se ha sentido muy sola desde que tuvo que cortar con su novio (Rock Hudson), porque tanto los conservadores del pueblo como sus hijos, han visto con malos ojos que salga con un jardinero cinco años más jóven que ella. “Pero no importa”, se dice Scott. Lo importante es que ella quiere a sus hijos y sus hijos a ella.
Finalmente llegan; un muchacho y una muchacha de edad universitaria.
“Desgraciadamente no podemos quedarnos” le dicen.
Los han invitado a otras fiestas en el pueblo, y les es imposible acompañarla en la Nochebuena. La verán por la mañana.
“Pero no te preocupes mamá, no te vamos a dejar sola”.
Para que le haga compañía, le han traído un regalo. Una enorme caja cuadrada con un vistoso moño. Los hijos la besan y salen de la casa.
La viuda se queda pasamada, casi no le han dado tiempo para reaccionar. Desenvuelve el regalo y la vemos reflejada en él. Absolutamente sola.
Una de esas cosas que siempre ponen en “la lista” de los beneficios de la lectura, es que te permite vivir otras vidas empalmadas con la tuya. Es decir, además de mi vida como Patricio López, he podido vivir como Jean Valjean, Rashkolinkov o el Barón de Frankenstein, gracias a que he leído los libros donde aparecen. Esto es cierto en gran medida, pero es una verdad a medias porque no es un asunto automático. Sucede solo cuando uno permite que suceda, y solo cuando uno se prepara para que suceda. Si fuera automático, la “crisis de la lectura” de la cual se quejan los periódicos y los intelectuales no ocurriría. Leer sería como ver tv.
Este fenómeno de vivir otras vidas ocurre de una forma muy particular en la literatura, pero también sucede en otro tipo de expresiones. Hace un par de posts más abajo, hablé de algo parecido con una canción de Blind Willie Johnson, pero últimamente me está ocurriendo muy seguido con 1234, una canción del último disco de Feist, una cantante canadiense. También me pasó con Mushaboom de su album Let It Die. Me recuerda a una rutina de Woody Allen donde habla como agentes del KKK están por lincharlo, y toda su vida pasa frente a sus ojos: “Recordé mi vida en el Sur, con Emy Sue. Pescando en el ojo de agua. Comiendo mazorca de maíz. Y de repente me di cuenta que esta no era mi vida. Están a punto de lincharme y la vida equivocada pasa frente a mis ojos”.
No se si es una cosa mía o si a todo el mundo le sucede, que la música te transporta, no de una forma narrativa como lo hace la literatura, sino hacia una sensación sensual, de estar viviendo en la cabeza de otro, en otro tiempo y en otro lugar.