ESB 8 AM
A las ocho de la tarde, el Empire State Building, el edificio más alto de Nueva York, es como cualquier atracción turística masiva. Lleno de visitantes hasta el queque, ruidoso, desgastante, e incómodo. Atravesar por los cuatro pasillos de su mirador, es como cambiar de lugar dentro de una lata de sardinas. Hacer la fila para subir se convierte en una especie de Disneylandia.
A las ocho de la mañana sin embargo, la hora en la que abren, el lugar logra una especie de trasendencia.
El miércoles pasado como última actividad en la ciudad subí el edificio a las ocho en busca quizás de un momento poético. Sí, a veces soy medio cursi. Eramos quizás unas quince personas. El silencio era tan absoluto, que lo único que se escuchaba era el movimiento del viento, y algunos carros a lo lejos. El edificio se convertía en el escenario de una película. En el final de An Affair to Remember (¿dónde te quedaste mi Deborah Kerr?). El sol recorría el río a lo lejos, y la bruma iba arropando a la ciudad lentamente.








